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Vivir o matar una vida

Capítulo 1

Me encuentro en estos momentos mirando al cielo a través de la ventana; contemplo la variedad de los colores del crepúsculo que no serán jamás iguales a los de la vez anterior: juguetón y melancólico, parecería que quisiera reflejar el humor de mi alma.

Pienso una vez más en mi vida que repetidamente me ha inmerso en experiencias que me marcaron amargamente, difíciles de enfrentar, pero inevitables. He “vivido” la lucha de mi madre contra la forma más aguda de leucemia, el auto transplante de médula, al cual tomó la decisión de someterse, la probabilidad, o más bien, la casi certeza de no regresar a casa. Largos días de espera, de terapias agresivas, de alegría por sus breves regresos a casa junto a sus seres queridos, de besos robados, cuando en asepsia podía acercarme; sólo después de haber tomado las precauciones oportunas; una renuncia tras otra y, finalmente, el fruto de nuestras esperanzas...

Vi morir de tumor a mi profesor, a mi querido amigo Francisco, apenas algunos años mayor que yo, una primita de tierna edad, a mi tío Mateo, a quien también lo consumió la enfermedad. La muerte también me arrebató mis abuelos maternos, importante punto de referencia en mi vida y fuente incesante de amor, resistente al tiempo y a la separación inevitable pero forzada...

Me doy cuenta que, escuchando una canción o recordando un fragmento del pasado compartido, me emociono aún, ¡todavía lloro en silencio!, ¡todavía sufro! Me sentí impotente por no haber podido aliviar sus sufrimientos, o por no haber podido conservarlos junto a mí para siempre, por no poderles brindar otra cosa distinta que mi compañía, mi sonrisa y mi afecto. “Así es la vida y la voluntad de Dios”, me repetía constantemente para sacar la fuerza que me ayudaría a soportar todo esto.

Hoy como nunca se respira armonía en casa, donde hasta hace unos pocos meses las frecuentes discusiones entre mis padres, y entre mi padre y yo, me habían turbado por años: luego que asistí a una repentina reconciliación en familia (mi padre se había ido a vivir con mis abuelos) comencé a gozar de la compañía de unos padres tan enamorados como esposos, como nunca los había visto...

¿Y qué decir de las desilusiones? ¡Cuántas he tenido! Como todos, al final de cuentas.

Y aún así, en cada circunstancia rememorada, veo que he luchado, que me he llenado de valor, que he sacado lo mejor de mí y, sobre todo que nunca perdí el optimismo ni el amor por la vida...

Aún así existe un rincón de mi corazón que es imposible que alguien conozca, ni aún proponiéndoselo o esforzándose. Ni yo sabía de su existencia pues sólo se reveló cuando decidí optar por la decisión más mezquina y macabra de mi vida: privarme del amor de mi hijo acabando con su vida; en cambio, ¡así creía!, de conservar mi libertad y mi tranquilidad.

Pero, ¡Cuál tranquilidad! ¡Cuál libertad!. Las heridas cicatrizan, las desilusiones pasan... en cambio, ahora, yo he caído en el círculo interminable del remordimiento, por no haber tenido la paciencia para reflexionar y comprender lo que habría sido lo mejor para mí y para mi hijo. Es un arrepentimiento que agobia y pesa como una montaña.

El dos de noviembre del 2006 conocí el infierno...

Ha pasado apenas algo más de un año desde aquel día que por siempre maldigo, pero aún así recuerdo cada instante con dolorosa lucidez; cada vez, el sufrimiento se renueva, procurándome un dolor indescriptible.

Entre más trato de olvidar, más fuerte regresa el recuerdo. Éste resuena con fuerza en mi pecho y sólo yo puedo escucharlo, porque sólo yo sé qué sucedió en aquél hospital, cuando no podía invocar ni la piedad de Dios, porque no era digna de su Misericordia.

Sabía que estaba pecando, pero sólo ahora me doy cuenta de haber asesinado. Yo, que he siempre sido considerada como la más dulce, madura y sensata, asesiné -pues de eso se trata- a mi propio hijo. Yo, que debía protegerlo, fui su verdugo...

Nunca habría podido imaginar que las palabras que mi amiga Liliana me repitió varias veces, cuando le comuniqué mi decisión, hubiesen resultado ser tan certeras: “Piénsalo bien. No podrás volver atrás...”

Sabía muy bien que no se trataba de un “cúmulo de células”. Había visto con mis propios ojos, durante una lección de medicina legal en la Universidad, un pequeño embrión de apenas un mes, extraído de una mujer fallecida que ignoraba su estado de gravidez. Mi profesor de entonces, fuertemente opuesto al aborto, lo había conservado en la Facultad y habría deseado que todos lo viéramos, con la intención de que cada uno de nosotros se diera cuenta del engaño de quien anuente a la interrupción del embarazo, se esconde detrás de expresiones poco precisas e hipócritas. Ha sido una de las emociones más fuertes y bellas que he experimentado. ¡Excepcional! El embrión ya formado, pequeño como el pulgar, contaba con su cabeza, sus brazos, sus piernecitas y su boca... tenía sólo sus dedos pegaditos entre sí, los ojos cerrados y el sexo indefinido; en su lugar había un pequeño orificio. Lo refería a todo el mundo, enfatizando y sobre todo, llevando adelante el mensaje que mi profesor, en aquel contexto, quería promover en voz alta: “Sí a la vida. No al aborto”.

Cuánta ternura despertó en mí la visión de aquella “criatura” -como lo llamé- “Yo no lo haría nunca. Un hijo en cualquier momento que lo mande Dios es una bendición” -Así decía, jactándome.

No respeté nada de lo que yo era. Di la espalda a aquello que habría sido la felicidad sin reservas.

¿Qué puede ser más despreciable que una madre que quita autónomamente la vida de su propio hijo, sangre de su sangre, carne de su carne?

¿Existe alguien más vil o más sucio que yo? Me manché de la sangre derramada de MI HIJO por mi imperdonable egoísmo que me imprime una culpa indeleble.

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