Capítulo 2
Antes de descubrir mi estado de embarazo un capítulo de mi vida estaba por concluir.
Exhausta, pero al mismo tiempo llena de esperanzas por el inicio de una nueva etapa de mi vida, había invertido todas mis energías en la preparación del examen Estatal que me habría permitido ejercer como abogado. Años de estudios, de sacrificios, de renuncias, de esfuerzos prolongados para no ceder al cansancio mental. Mi deseo más grande era alzar vuelo y alcanzar la libertad y la total independencia.
¡Estaba por volverse realidad!... y así fue.
Superado aquel obstáculo, que algunas veces me parecía imposible, la felicidad no era ya una sensación lejana sino que comenzaba a concretarse; la conclusión perfecta de un gran empeño. Ahora sí me parecía vislumbrar la parte menos tortuosa de mi camino.
¡Qué satisfacción! Me sentía viva, animada por un gran vigor, complacida como nunca, lista para conquistar el mundo, y a mi lado contaba con un hombre maravilloso, al cual amaba como no había amado antes, que representaba para mí un apoyo en la vida cotidiana y que era mi sonrisa y toda mi alegría...
Y entonces...
....la oscuridad.
Asustada, a pesar de que se trataba de un pequeño atraso, una gran desesperación me embargó por varios días. La menstruación siempre se me ha presentado con la máxima puntualidad, y por ese motivo mi instinto me decía que aquel retraso se debía casi seguramente al embarazo ¿Y si era así? ¿qué podía hacer? Dejaba ahogar mis pensamientos con la intención de sepultarlos. Pero inevitablemente la mente se proyectaba hacia el futuro y sentía miedo.
Miedo ...
¿Miedo de crecer? ¿De hacerme cargo de responsabilidades? ¿De forzar la mano del destino y casarme por obligación? ¿De atarme a una persona de la cual no conocía verdaderamente sus intenciones? ¿De ser un peso para Esteban y para mi familia dado que no poseía un trabajo y no tenía modos de darle a mi hijo todo lo que necesitara?
No sé...
No encuentro las respuestas...
“Sólo” sé que lo habría amado inmensamente. Habría reservado para él cada gota de mi amor.
Pero me sentía tan confundida en modo tal que no sabía poner fácilmente orden en aquella maraña de emociones agolpadas.
Había sólo un modo para poner punto final a aquella zozobra que me embargaba: hacer la prueba de embarazo. Era necesaria la máxima cautela: viviendo en un pequeño pueblo de montaña tenía que ser discreta para ponerme al resguardo de chismes y comentarios que de otro modo habrían sido inevitables. Valerse de la farmacia de una ciudad cercana: era esa la solución.
En el auto, durante el viaje, el tiempo iba marcado por el silencio. Mientras más avanzábamos, se acercaba cada vez más el momento de conocer la verdad. Y así estaba tan absorta en mi angustia al punto de perder la noción del tiempo, la percepción de los lugares y de la presencia de Esteban. Recuerdo solamente que estábamos agarrados de la mano y que todo transcurría para mí en modo anónimo: nada de colores alrededor, nada de luz, ninguna voz...
Habría querido tener hijos, y habría deseado que su padre fuera Esteban. A veces fantaseaba con un hogar nuestro, pero no había estabilidad en mi vida.
¿Y él? ¿Qué sentía verdaderamente? ¿Se habría sentido amarrado en caso de un resultado positivo? Seguramente se habría quedado a mi lado... Pero era de repente como si no lo conociera, como si no me reconociera ni a mí misma...
Es un enigma.
Con la prueba de embarazo en nuestras manos, aprovechamos para leer las instrucciones durante el viaje de regreso, y comprender cómo usar aquel “termómetro” de hormonas, así tan pequeño pero con la capacidad de cambiar nuestras vidas.
Cada vez más segura del resultado sin aún haber visto aparecer las líneas, esperaba sin embargo equivocarme.
Sólo tres minutos de espera decía el manual... Momentos sin fin...
Y el resultado era positivo.
Una gran desesperación me asaltó, sentí asfixiarme... Nunca había sentido tanta angustia.
Era como si en aquel instante mi vida hubiera llegado a su fin. Lloraba sin poder calmarme. En un cierto sentido quedé sorprendida de mi reacción.
“No lo quiero”, proseguí...
Como si se tratara de rechazar un regalo de mal gusto. Pero él ya hacía parte de mí, vivía en mí, respiraba en mí... ¿Qué había de malo en la vida que llevaba en mi vientre? ¿Cuál era la tragedia en la inocencia pura y absoluta de ese niño? Nada ¡Todo lo contrario!
Pero a pesar de todo me obstinaba en mi intransigencia.
Me sentía perdida. Entonces ya no había más alternativa que... botarlo; oh sí, las cosas hay que llamarlas por su nombre.
La posibilidad de abortar no la había contemplado inicialmente dado que contrastaba con mis principios, con mis valores y la educación que me transmitieron mis padres y consecuentemente, incoherente con mi conciencia...
... Mi conciencia... La misma conciencia que pensaba resguardar ante las vicisitudes, en cualquier situación que me encontrara, y que, al contrario, manché en el mismo instante que surgió la sola idea, más tarde concretada.
Después de desahogar la ansiedad acumulada en los últimos días, casi en una pausa del corazón y de la mente, de los trajines vividos, acaricié el pensamiento de ser madre al término de los nueve meses... Me parecía increíble, maravillosamente extraordinario, y al teléfono con mi amiga Liliana mis lágrimas fueron mágicamente reemplazadas por una sonrisa.
Sin embargo, al día siguiente “aquella idea”, regresaba en mí, esta vez más insistente y me oprimía... El mecanismo estaba ya activado.
Con la única excusa de informarme acerca de lo que podía suceder si decidía no tenerlo, me preparaba a emprender un viaje sin regreso. Un boleto sin retorno, que era una decisión mía, ya que hasta el último minuto habría podido oponerme y detenerlo todo; decir, “No, gracias. Mi bebé y yo nos vamos”.
Mi vida sería mejor en estos momentos, sin lugar a dudas.
A pesar de todo no lo hice. Desde ese momento todo transcurría a toda prisa: el primer contacto con el Dr. X, la visita ginecológica en su consultorio, la ecografía que no quise ver sino después, los exámenes de sangre (obviamente hechos en un laboratorio privado). La “preparación” para aquel que sería el día más terrible de mi vida. Y a mi mente regresan aún las palabras pronunciadas por el médico, pero sobre todo pienso en aquellas omitidas. Recuerdo que después de la explicación breve y fríamente concisa, de cómo se desenvolvía la intervención, el Dr. X añadió: “Si se deciden por el sí, sigan adelante sin voltearse atrás”, y seguidamente, dirigiéndose sólo a mí: “Debes llenarte de mucho coraje”.
Y eso es todo.
No me preguntó en ningún momento, “¿Por cuál motivo lo haces?” o “¿Sabes en verdad lo que sucede?” o “¿Estás segura?” o “¿Cómo estás?. No hubo el mínimo interés de su parte por disuadirme. Ni siquiera mencionó o aludió a cómo podía ser fascinante la maternidad, el milagro de la vida que ella en sí constituye, no me ayudó a reflexionar, a pensar, a razonar (porque la mujer que piensa en abortar no tiene la lucidez para comprender nada, dejándose doblegar por el pánico y por el miedo); como si asistir a un parto o interrumpir un embarazo fuera la misma cosa... como decidir de usar pantalones blancos o negros, como si fuera completamente natural.
Esa indolencia, que yo percibía dominante, me desconcertó y contribuyó a aumentar mi soledad... Necesitaba hablar, hablar, hablar... y ser escuchada para obtener comprensión y ayuda.
