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Vivir o matar una vida

Capítulo 3

Aquella mañana entré en el hospital a las 9. Después de pasar por la recepción del, me encontré en una sala de espera llena de gente; sin embargo el vacío que reinaba en mi corazón era grande y de sabor amargo.

Permanecí junto a Esteban en busca de protección, un refugio al seguro de mi ansiedad. Recuerdo que lo miré a los ojos y de repente le pregunté: “¿Y si lo tenemos y escapamos los tres juntos?”. Sin apartar su mirada de la mía, sonriéndome dulcemente, respondió: “Si quieres, ya sabes, lo podemos tener”.

¡Caray! En lugar de sentir renovada mi (“mi” no “nuestra”) libertad de elegir, habría deseado con todo mi ser que me hubiese tomado de la mano y arrastrado lejos de ahí, lejos, que me hubiese dado un fuerte abrazo, hasta dejarme sin respiración, que dijera entonces: “Juntos saldremos adelante; quiero este hijo porque te amo”. Pero, ¡ay!, lo que pedía en verdad mi corazón no obtuvo respuesta y, una vez más, me sentí SOLA.

En ese instante apareció por el pasillo el Dr. X que, después de haberme dado las primeras e imprescindibles instrucciones para seguir apenas llegara a la habitación, le sugirió a Esteban que regresara en la tarde: la tutela de la privacidad de las otras desaventuradas como yo imponía esta decisión.

Yo no quería que se fuera... que nos separaran.

La última oportunidad para salvar nuestro bebé, hablando aún más y transmitiéndonos nuestras emociones, libremente, sin dejarnos condicionar por la imperdonable y estúpida racionalidad que nos aferraba... se desvaneció. Y entonces, ¿cómo habría podido enfrentar todo yo SOLA?

Entré pues a la habitación... un pabellón reservado a aquellas, que como yo, aquél día debían abortar. Se respiraba muerte allí dentro. Estuve a punto de detener mis pasos. Sentía las piernas como si se negaran a proseguir...

Encontré sólo una cama disponible junto a la ventana, evidentemente el lugar más expuesto al viento, que se infiltraba a través de ésta y que aquel día soplaba furioso. Pero qué importaba... el frío que sentía en el corazón era más agobiador... Sentía vergüenza de encontrarme allí, no tenía el coraje de levantar la mirada de la cama donde apoyé mis pocas cosas, a pesar de ser consciente que no habría sido juzgada ni criticada por parte de mis “compañeras”.

Absorta, tuve la precaución de tomar el antibiótico que me proporcionaron un momento antes, como me había indicado el médico, pasándolo con un poco de agua... el único rastro de vida allí dentro.

Desvestida, me puse inmediatamente la pijama y fui al baño a orinar: entonces faltaba poco para que llegara el Dr. X, que nos metería en la vagina un óvulo necesario para dilatar el útero. Tendríamos que esperar dos horas para que esto sucediera y fuera... más fácil arrancar de mis entrañas... mi hijo...

Escribo, pero mientras lo hago, lloro. Es difícil continuar este relato...

Los dolores fueron cada vez más agudos: el óvulo desarrollaba con eficacia su labor... Sentía un dolor insoportable en mis piernas y en la espalda; los ovarios se contraían, sentía la sangre congelar, mis huesos se anquilosaron. Chasqueando literalmente los dientes volvía mis ojos hacia el techo, buscando el rostro de Dios: ¿pero con qué derecho?.

Me preguntaba en voz alta: “¿Qué estoy haciendo?” No sabía que la respuesta a esa pregunta me perseguiría desde entonces y hasta hoy, cada nuevo día de mi miserable vida.

¡No podía más! Pedí la ayuda de una enfermera con el fin de que me diera algo, no importaba qué, con tal de aliviar mi infinito sufrimiento.

Fue necesario suministrarme un fuerte analgésico. No lograban encontrarme la vena y eso significaba dolor que se sumaba al dolor, pero no me importaba, mi único deseo era que cesaran aquellas repetidas y violentas contracciones.

A esto se agregó en pocos momentos, un fuerte sentido de náuseas, tal que no pude aguantar y que me indujo a vomitar jugos gástricos y... el alma.

Con los ojos de quien implora un poco de piedad “robé” la mano de la enfermera y la llevé a mi cara, apretándola. “¿Cómo te llamas?” -le pregunté. “Liliana” -me respondió inmediatamente, con modales gentileza que no olvidaré nunca. “Como mi mejor amiga” -le dije con una débil sonrisa. “Gracias” - continué. “Ayúdame, duele tanto; te suplico, ayúdame”. “Debes respirar lentamente, si te agitas es peor. Verás que entre poco pasará”.

Pero no pasaba.

“Quiero a mi mamá”. Continué, mirando hacia la puerta. “¿Por qué no viene?”. “Porque no sabe nada”.

Ella, mi madre, no me habría permitido llegar allí, no me habría acolitado, ni siquiera el pensar en la solución que elegí. Con su “acostumbrado” amor me habría sostenido y se habría sacrificado por ayudarme si hubiese sido necesario. Habría sido dichosa de aquel regalo, como todos en familia, pero yo no quería ser un peso para nadie, ni siquiera para ella.

Mi tribulación llegó a su cúspide y lancé un grito de dolor. Llegó otra vez el Dr. X, que se sentó al borde de la cama, tratando de consolarme a su manera. “Le dije que tenía que llenarse de coraje”, me recordó. Vomité otra vez.

No tardó en presentarse otro efecto colateral del óvulo: la diarrea. El doctor nos sugirió de turnarnos para ir al baño. y de no dudar de llamar a la enfermera en caso de necesidad. Llegado mi turno, reuní todas mis fuerzas. No lograba incorporarme, pero era inevitable.

De nuevo en la cama, extenuada, miré el reloj. No veía la hora que aquella lenta agonía llegara a su final.

Más tarde, se asomó un señor por una ventanilla, que nos preguntó que quién de nosotras quería someterse de primera a la intervención. Deseando que la espera terminase cedí al cansancio, finalmente me sentía algo mejor.

Se llevaron primero la mayor de nosotras tres desventuradas. Antes que regresara, una enfermera me vino a buscar a mi habitación, y me preguntó si podía caminar.

Para llegar al quirófano, atravesamos un largo corredor, que me pareció interminable. Ella me sujetaba tomándome del brazo; mis pasos eran lentos y vacilantes; la cabeza baja. Me sentía como un animal que va a ser sacrificado.

Cuando llegamos, vi en una camilla a la otra chica, casi inconsciente, y acaricié su rostro antes que se la llevaran.

Esperé en una estancia, plegada en mí misma, atontada, con la mirada fija en el piso, donde me quitaron las medias, un collar y un anillo del cual no me separaba casi nunca. Cuando me avisaron que estaba todo listo me llevaron al quirófano, me dijeron que me quitara el pantalón del pijama y el interior. Me dijeron que me pusiera en posición supina en la camilla, con las piernas apoyadas y la cadera hacia adelante: así era la posición requerida.

Me avergonzaba, me sentía mancillada en mi intimidad. Eran cinco a mi alrededor...

El Dr. X estaba listo. Antes de adormecerme, supliqué a la anestesióloga, una mujer de unos 40 años, de mirada indiferente y dura, en apariencia, pero que en cambio significó una paréntesis de humanidad y protección. “Dime que cuando me despierte esto habrá terminado”, respondió en modo afirmativo, con una caricia acompañada de una mirada tierna y compasiva.

Y entonces... un fuerte dolor en la mano a causa de la sustancia que me inyectaron y la última frase pronunciada apretando los dientes, antes de acabar con la vida de mi bebé:

“Cómo duele”...

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