Capítulo 4
En el sopor, me sentí literalmente descargada en la cama. Tenía una sábana entre las piernas para absorber la hemorragia en acto. No lograba moverme bien. Aún seguía semiparalizada.
Entonces me embargó con fuerza ese sentimiento de tormento en que tomé conciencia que ya no era madre... porque se es madre desde el mismo instante en que descubres que no estás sola y que en alguna parte de ti está formándose una criatura. Se trata de una nueva vida, se trata de tu hijo.
Sentí lágrimas cálidas y silenciosas escurrir por mi rostro: en ese preciso instante comenzó mi tormento. “Ya no existe, ya no existe...”.
Algunos momentos más y regresó de aquella sala del horror la tercera muchacha: así la masacre estaba cumplida. Nuestros gemidos, aislados de la alegría de quienes en las habitaciones cercanas se preparaban para vivir el acontecimiento más extraordinario de la vida, resaltaban la penumbra en la cual nos habíamos precipitado vergonzosamente.
¿Quién me habría salvado, devolviéndome a la luz de la Gracia Divina? ¿Quién me restituiría la dignidad de mujer que había sofocado con mis propias manos? Pero sobre todo, ¿quién me habría devuelto mi hijo, o más bien, mi niña? Oh, sí, porque estoy segura que habría sido una niña.
Martirizante es el arrepentimiento que asaltó inmediatamente mi corazón.
Desde entonces no vivo en paz. No me perdonaré nunca por haber decidido la muerte de aquella persona que habría sido la más importante de mi existencia.
He aquí, amiga, mi historia, ahora la conoces y has leído mi dolor, hasta donde es posible.
Hasta ahora no sabría explicarte el verdadero motivo que me indujo a ser aquella que no soy. Probablemente se trataba del miedo a madurar, o de ser abandonada, o de dejar de ser amada, o de pensar de tener a mi lado una persona que se sintiera obligada, o de no saber ser una buena madre y una mujer de valor.
No sé, no sé, no sé...
La mente humana es compleja y tortuosa y a veces, ni conocemos bien todos los laberintos de nuestro inconsciente.
Lo cierto es que fue un gesto desconsiderado, producto de mi más abyecto egoísmo y que no repetiría nunca, si sólo pudiera regresar atrás.
Sé bien que tú también te sientes sola, no ves el modo de escapar de tu turbación. Sientes desazón por una situación que no sabes cómo enfrentar y que no te pertenece porque es nueva, que es más grande que tú, que el mundo en que hasta ahora has vivido. Tienes miedo de ser juzgada por lo que en realidad sientes, que nadie te entienda, y estás convencida que abortar es la mejor alternativa; que serán suficientes pocos minutos de tu tiempo para dar una respuesta indolora y definitiva a tu angustia. Pero desafortunadamente será sólo definitiva, porque el dolor por no haber aguardado y por haber consentido la muerte de tu hijo, no lograrás hacerlo pasar jamás.
No te sientas sola.
Mucho más cerca de lo que crees hay alguien dispuesto a escucharte, a llevarte de la mano para que no tropieces, a brindarte amistad, un amigo sincero que comparte el dolor que estás viviendo y que quisiera brindarte su ayuda.
Es necesario que hables, desahógate, haz lo que sea necesario para salvar a ti y a tu hijo, tienes el derecho y el deber. Protégete de ti misma. Protege el amor que vive en ti.
Entiendo que ahora cada cosa parezca difícil, imposible de superar, pero saca toda la fuerza que está dentro de ti, porque estoy segura que posees en gran cantidad.
Nosotras las mujeres somos especiales: criaturas frágiles, pero que pueden ser fuertes como la roca...
Es verdad, lo desconocido asusta, paraliza, pero piensa que puede revelarse una sorpresa maravillosa. La vida deslumbra especialmente cuando estás convencido que la luz para ti se ha acabado, y te emociona como el abrazo inesperado de un niño.
Dios te ha elegido como madre de tu hijo, por eso cree en ti.
¡Tú elegiste tu hijo, y él te ha querido a ti y no a otra!! ¡¡Ánimo!!
Estoy segura que será suficiente mirarlo a los ojos, tener sus manos tiernas entre las tuyas, abrazarlo y sentir su perfume para borrar amargos pensamientos, la angustia y la incertidumbre. Él será tu fuerza y tú serás su lumbre, siempre encendida.
Si alguien hubiese decidido nuestra muerte, no habríamos tenido la oportunidad de descubrir cómo es hermoso cantar, tener amigos, enamorarse, quedar maravillados ante la belleza del mar... ser lo que somos.
Cuántas veces no nos hemos dejado llevar de la rabia porque no nos han dejado la libertad de elegir. No nos otorguemos entonces el derecho de decidir si dejar vivir o morir un ser humano, pero más aún carne de nuestra carne. No te niegues el amor de tu hijo como hice yo.
Delante de cada mujer en espera te preguntarás “¿por qué yo no?” y no podrás dar la culpa a nadie sino a ti misma.
Si supieras la pena que se desencadenará en ti viendo una madre feliz en compañía de su hijo, porque habrías podido gozar de la misma felicidad y la has rechazado. Comenzarás a contar los meses y después los años que cumpliría tu hijo si no lo hubieses dejado morir. Intentarás imaginar su rostro, la expresión de sus ojos, su sonrisa y lo verás en cada niño que atraviese tu camino.
No pienses que éstas son sólo palabras. ¿Quién podrá entenderte mejor que yo? Estuve en el infierno y no quisiera que lo conocieras tú también. Te suplico, escucha tu corazón, y si alguno te induce a creer que abortar es por tu bien, aléjalo porque no sabe lo que dice, y no te ama en verdad.
Si decides interrumpir tu embarazo, recuérdalo, recuérdate: no podrás volver atrás. Será una herida siempre abierta, sangrante.
No te aflijas... te lo suplico, como si fueras mi hermana...
Ahora te dejo, amiga mía, con un mensaje que escribí el día sucesivo al aborto. Debía liberar de alguna manera el dolor que me estaba consumiendo hasta quitarme el respiro.
“Estoy mal, muy mal. Quisiera morirme y sólo Dios, que todo ve, sabe el por qué... Ayer fue el día más horrible de mi vida... el infierno en tierra... Ahora busco perdón, pero no tengo el coraje de pedirlo. Sólo espero que Dios Misericordioso, tenga piedad de mí, último de los seres, y cambie mi corazón, el mismo corazón que creía mejor y que, en cambio, hizo que traicionara la vida...
